Siempre he creído que la imagen vale más que mil palabras, aunque adoptemos retóricas y discursos cada vez más complejos, y que, a menudo, un poco de ruido es particularmente higiénico y saludable, sobre todo como descanso a ese diálogo-monólogo permanente con nuestra propia conciencia. Pero también sigo creyendo en la existencia del territorio de la duda, de la posibilidad, del lugar donde intuición y deseo son los cómplices de la insatisfacción del artista inquieto: un trabajo de búsqueda peculiar y frenética de sentidos aunque nos empeñemos en reivindicar la autonomía de los medios y el aura de la obra (posible) de arte.Intentar reunir: el deseo de situaciones imprevisibles, las razones y las pasiones del aprendiz, la emoción con el riesgo, la persona y su vértigo, lo vital y lo contradictorio, algo así como nuestros propios amores violentos.