Fecha de publicación: 12/04/2010
Los ojos del mar. Atalayas y señeros del País Vasco. Tras una ardua tarea de catalogación llevada a cabo en los últimos años, la Dirección de Patrimonio Cultural publica un libro sobre atalayas.
El Departamento de Cultura del Gobierno Vasco, tras llevar a cabo un exhaustivo inventario de atalayas y puestos señeros de la costa vasca, ha editado Los Ojos del Mar. Atalayas y Señeros del País Vasco. Se trata de una nueva publicación, la primera que se hace sobre este tema, que permite rescatar del olvido unas instalaciones capitales para entender la historia económica y social de nuestro territorio.

Con una tirada de 3.000 ejemplares, ‘Los Ojos del Mar. Atalayas y Señeros del País Vasco’ muestra las prominencias naturales usadas como atalaya, los templos que aglutinan espacios dedicados al culto y a atalaya y las atalayas de fabrica. En la publicación se proponen excursiones, visitas que permitirán disfrutar de unas magníficas vistas de nuestra intrincada costa. Asimismo, el libro contiene un CD con la publicación en formato electrónico y las fichas de las atalayas de Bizkaia y Gipuzkoa.

Los “ojos del mar
En estos tiempos de la sociedad de la información en que asistimos a un enorme desarrollo de los medios de comunicación, resulta difícil no ser conscientes de su capacidad de influencia y de que, como se suele decir, la información es poder. Esa afirmación puede aplicarse también a nuestro pasado. A lo largo de nuestra costa contamos con una serie de elementos patrimoniales que han pasado desapercibidos, hitos fundamentales para generar y transmitir información en relación con unas actividades económicas fundamentales en nuestra historia, las relacionadas con la explotación de los recursos marítimos: las atalayas y los puestos de señeros. De las señales emitidas por los atalayeros y señeros, los hombres al cargo de esas instalaciones, dependían la supervivencia y el bienestar que los numerosos pescadores vascos obtenían de un mar que generaba tantas oportunidades como peligros. A lo largo de muchos siglos -como mínimo desde la Edad Media-, el mar ejerció un papel fundamental en las vidas de todos los vascos. El mar era el medio que permitía la llegada de alimentos desde el extranjero, el que facilitaba las exportaciones de nuestras principales industrias y el que procuraba el aumento de las riquezas del país, aportadas por quienes comerciaban con América y los países europeos o, algo muy a tener en cuenta, las que procuraban las pesquerías de ballenas y bacalao en aguas de Terranova y del Ártico. El mar podía ser, al mismo tiempo, la vía de llegada de desastres, tanto naturales, en forma de tempestades y galernas, como antrópicos (ataques de corsarios y escuadras enemigas, invasiones, etc.), para cuya prevención eran precisos estos ojos que continuamente otean el horizonte.

Infraestructuras sencillas para “ver y no ser vistos”
En un mundo en el que los distintos puertos -o incluso los marineros de una misma localidad- se disputaban las capturas de mamíferos marinos como las ballenas y de peces, y competían por tratar de atraer la mayor cantidad posible del tráfico naval que discurría por nuestras costas, era capital la disposición de atalayas situadas en puntos destacados de la costa, que gozaran de amplia visibilidad y dieran noticia de la presencia de posibles capturas y de barcos que llegaban con mercancías. Al mismo tiempo, se debía evitar que los vecinos de los puertos más inmediatos accedieran a estas noticias. Así es como se hizo fundamental entre atalayeros y señeros el juego del “ver y no ser vistos”. Por esa sola y exclusiva razón, cada localidad de la costa diseñó y aplicó toda una estrategia para la obtención y gestión de esta información. De esa política de comunicaciones -por así llamarla-, nace la existencia de varios emplazamientos atalayeros en una misma localidad, destinados a funciones específicas o a transmitir de unos a otros las noticias, pero evitando que caigan en manos de los habitantes de las localidades vecinas.
Desde el punto de vista constructivo, en contraste con su importante función, las atalayas y puestos de señeros eran infraestructuras muy sencillas. En muchas ocasiones, se aprovechaba la existencia de otras construcciones (ermitas, caseríos, fortificaciones…) para que, además de sus funciones específicas, ejercieran las propias de las atalayas. En otras, se buscaban puntos destacados del paisaje, como prominencias y afloramientos rocosos, para que hicieran esa función de observatorio y sólo se les añadía una sencilla caseta o chabola, en muchas ocasiones construida en madera, para refugio del atalayero. En los casos en que, además de esos sencillos refugios, se construían infraestructuras algo más complejas destinadas a observatorios, se optaba por construcciones pequeñas en forma tanto de torres circulares como de balconadas o miradores semicirculares. Sólo a partir del siglo XIX se construyeron atalayas que aglutinaban en un mismo edificio el observatorio y el refugio de los atalayeros. En el siglo XX, el diseño de muchos de estos edificios se hizo algo más complejo, dotándoles incluso de cierta intencionalidad artística al tratar de imitar en la construcción el aspecto del puente de mando de los barcos. Pero poco tiempo después, a mediados del siglo XX con el desarrollo de las telecomunicaciones, las funciones tradicionales de las atalayas caen en desuso, por lo que estas instalaciones, en otro tiempo vitales, han caído en el olvido.