Una investigación financiada por Emakunde-Instituto Vasco de la Mujer y elaborada por Iratxe Herrero Zarate y Carlos Díaz de Argandoña Fernández analiza la experiencia de 94.490 mujeres de 65 o más años que viven solas en la Comunidad Autónoma de Euskadi. La principal conclusión es que, para la mayoría de ellas, vivir sola es una experiencia positiva llena de oportunidades. Sin embargo, la ausencia de un «permiso social» para hacerlo condiciona su calidad de vida y las sitúa en una situación de mayor vulnerabilidad.
Las mujeres de 65 o más años que viven solas representan el 32,5% del total de personas que viven solas en Euskadi. Este número ha crecido un 28% en la última década, impulsado por cambios sociodemográficos como los nuevos modelos de familia, el aumento de la esperanza de vida y el incremento de las rupturas de pareja. El 31,3% de las mujeres mayores vive sola, proporción que casi dobla la de los hombres mayores (16,1%).
Además, el informe desmonta uno de los principales estereotipos en torno a este colectivo: la asimilación automática entre vivir sola y sentirse sola. Muchas de estas mujeres han elegido este estilo de vida activamente, ya sea para independizarse de su familia de origen o como resultado de circunstancias sobrevenidas como la viudez. La investigación destaca que vivir sola es, para la mayoría, un aprendizaje, una fuente de autonomía y una experiencia que genera oportunidades. La soledad no deseada, cuando existe, está más relacionada con el aislamiento social que con el hecho de vivir sola.
El concepto central de la investigación es el «permiso social»: la aceptación o rechazo que la sociedad otorga a que una mujer mayor viva sola. La ausencia de este permiso —expresada a través de presiones familiares, actitudes paternalistas de los servicios sociales o la imagen negativa proyectada desde los medios— condiciona negativamente la experiencia de estas mujeres y puede incrementar su vulnerabilidad, limitando su derecho a vivir solas con calidad de vida.
En el estudio también identifican factores individuales y sociales que influyen en la experiencia de vivir sola: la razón por la que se llegó a esta situación (elección o circunstancia sobrevenida), la actitud proactiva ante la vida, la salud física y emocional, el lugar de residencia (rural o urbano) y el acceso a la red social y familiar. El uso de los recursos sociales disponibles (como la teleasistencia o los centros de día) es también un factor determinante para garantizar la autonomía y el bienestar de estas mujeres.
Por último, el informe propone actuar en tres ámbitos. En primer lugar, mejorar el conocimiento social del fenómeno realizando investigaciones específicas sobre las mujeres mayores que viven solas, desarrollando campañas de sensibilización que desvinculen vivir sola de sentirse sola, y formando a los equipos profesionales y familias para evitar actitudes paternalistas.
En segundo lugar, mejorar el diseño de las políticas públicas incorporando de forma transversal la perspectiva combinada de género y edad, superando el enfoque exclusivamente asistencial y reconociendo que muchas de estas mujeres no tienen carencias sino necesidades diversas que van más allá del ámbito sociosanitario.
En tercer lugar, mejorar los recursos de atención adaptándolos a la heterogeneidad de perfiles (especialmente entre las mujeres de 65 a 79 años y las de la cuarta edad) e incorporando nuevos contenidos más acordes con las demandas actuales, como tertulias, clubs de lectura o acompañamiento emocional.
Para más información, puede acceder al contenido del informe “Mujeres mayores que viven solas en la Comunidad Autonóma de Euskadi” (Herrero Zara, Iratxe y Díaz de Argandoña Fernandez, Carlos, 2026).