Psicología Clínica y de la Salud y Metodología de investigación. Coordinadora del grado de psicología de la EHU.
¿Qué te motiva a centrar tu trabajo en la regulación emocional?
Lo que me mueve es la convicción de que la manera en que nos relacionamos con nuestras emociones condiciona profundamente nuestra vida. Esto es especialmente visible en la infancia y la adolescencia: son etapas para aprender a conocerse, a poner palabras a lo que sienten, y a interpretar lo que les ocurre por dentro.
¿Qué obstáculos encuentran hoy niños, niñas y adolescentes para aprender a regular sus emociones?
Como seres humanos, contamos con una predisposición natural a buscar el equilibrio: tendemos de forma espontánea a captar nuestras emociones y ajustarnos a lo que vivimos. Esa capacidad innata es un punto de partida sólido y esperanzador. Pero es cierto que la velocidad, la inmediatez, la hiperestimulación y la falta de espacios de reflexión y calma limitan las oportunidades para escucharse y para las interacciones presenciales, lo que puede afectar al desarrollo de la regulación emocional. Las relaciones a través de pantallas no sustituyen a los aprendizajes que se dan en el contacto humano directo: leer un gesto, sostener un silencio, negociar un desacuerdo cara a cara… Por eso es tan importante crear espacios de encuentro —en casa, en la escuela, en los entornos comunitarios— donde niños, niñas y adolescentes puedan parar, pensar y sentir sin prisa.
Una profesora que antes de empezar una actividad en clase dedica un par de minutos a que sus estudiantes identifiquen cómo se sienten permite que, por ejemplo, uno cuente que está frustrado y con rabia tras una discusión en el recreo. Con esta oportunidad para reconocer cómo está, para ponerle nombre y para elegir una estrategia de regulación —como respirar tres veces o pensar en una canción que le gusta—, empezará la tarea con mejor disposición. Sin ese momento, probablemente abordaría la tarea desconectado o irascible.
El curso propone abordar las tormentas emocionales. ¿Qué papel desempeñan las figuras adultas de referencia en ese proceso?
Las tormentas emocionales no son exclusivas de la infancia o la adolescencia: nos acompañan toda la vida. Estas etapas son muy especiales por lo intensa y cambiante que es la experiencia emocional y porque, en ellas, se asientan las bases de la competencia emocional futura.
En el desarrollo de la capacidad para afrontar tormentas emocionales, la observación de las figuras adultas es crucial, pues observan cómo navegamos nosotras nuestras propias tormentas y aprenden de ello. Si una persona adulta llega a casa saturada y dice: “Dame un minuto, necesito calmarme antes de seguir”, y se toma ese respiro, está mostrando su manera de atravesar una tormenta. Un niño que escucha esas palabras, que observa esa situación, puede hacer algo parecido cuando se frustra con un juego: se aparta un momento y vuelve. De la misma forma, un adolescente, después de una discusión con una amiga, decide salir a caminar antes de mandarle un mensaje.
¿Qué podemos hacer desde los entornos educativos, familiares y comunitarios para apoyar este desarrollo?
En primer lugar, dar permiso y espacio para sentir y expresar las emociones. Así se entiende mejor que las emociones no son un problema, sino una fuente de información muy valiosa. Después, ofrecer un repertorio variado de estrategias de regulación: identificar señales corporales, respirar antes de actuar, pedir ayuda, escribir lo que sienten, reflexionar sobre las situaciones, anticipar situaciones estresantes, buscar alternativas antes de reaccionar. Alguien que nunca ha atendido su respiración difícilmente recurrirá a ella para calmar la ansiedad o el enfado. Estas microhabilidades se construyen poco a poco, y las personas adultas, con nuestra presencia y nuestras acciones, somos una referencia constante en ese proceso.
También podemos contribuir a aceptar que la vida incluye emociones incómodas: frustración, miedo, tristeza, hastío, enfado…, y que podemos conocerlas y tratar de gestionarlas. Desde esa postura es más fácil actuar con claridad y elegir de forma más ajustada.
¿Qué te gustaría que se llevaran del curso las personas asistentes?
Lo primero, que las emociones son información, no amenazas. Nos hablan de necesidades, límites, deseos, miedos… Aprender a escuchar ese mensaje es clave para vivir con más claridad. Lo segundo, que la regulación emocional se aprende, y que a cualquier edad podemos fortalecerla y mejorarla. Y, en tercer lugar, que acompañar a otras personas en este aprendizaje de las habilidades emocionales es una invitación a cultivarlas nosotras mismas.
Me gustaría que el curso aportara estrategias concretas a quienes lo realicen, no como recetas infalibles, sino como un fondo de armario emocional del que tirar según la situación. No todas las estrategias funcionan igual para todas las personas, ni en cualquier momento, pero cuanto más amplio sea el repertorio, más fácil será encontrar una adecuada cuando la necesitemos.
