El laboratorio de ideas Nuffield Trust publica un informe que explora el acceso y uso de los servicios hospitalarios por parte de la población mayor de 50 años en prisión en Reino Unido.
El objetivo del estudio es identificar las dificultades que enfrenta el creciente número de personas mayores privadas de libertad para el acceso a la atención de sus problemas de salud en prisión. La limitación de datos disponibles sobre el estado de salud y las necesidades de atención de la población reclusa en Gran Bretaña (tras una revisión de la literatura sobre las necesidades de atención de la salud física de las personas reclusas) lleva a esta investigación al empleo de los datos proporcionados por las y los pacientes y los recopilados por el NHS en las estadísticas de episodios hospitalarios de los procesos de atención y apoyo.
Perfil de la población penitenciaria mayor
El informe subraya que en prisión la vejez comienza a los 50 años, una edad a la que fuera del contexto penitenciario no se considera a una persona mayor. En parte se debe a que en prisión las personas experimentan condiciones de salud que normalmente se producirían en una etapa posterior. Y esto aconseja que determinados controles de salud se adelanten 5 años respecto a la población general.
En las prisiones hay personas de todas las edades. No obstante, los datos disponibles apuntan a que en el período 2010-2022, el número de personas presas mayores de 50 años ha crecido un 67% y las previsiones auguran la continuidad de la tendencia, en aumento para 2025. En la actualidad, según los datos del informe, 1 de cada 6 personas reclusas en Inglaterra y Gales (17%) tiene más de 50 años, y el recluso de mayor edad registrado en 2019 tenía 104 años.
Los resultados del estudio ponen de manifiesto la inadecuación de los centros penitenciarios en Inglaterra y Gales para satisfacer las necesidades de atención médica asociadas a una población reclusa en proceso de envejecimiento. De hecho, algunas prisiones disponen de pabellones exclusivos para reclusos/as mayores, pero en muchos casos están dispersos/as en la prisión. Además, para aquellas personas privadas de libertad con discapacidad o con movilidad reducida, moverse físicamente por la prisión puede ser todo un reto dado que no siempre son accesibles para el uso de sillas de ruedas o el empleo de elementos de apoyo para caminar.
Por tanto, las condiciones de vida en la prisión a veces se encuentran limitadas al desarrollo de funciones básicas entre las que no se encuentran la realización de actividades personalizadas (por ejemplo: sesiones de gimnasia para las personas reclusas mayores).
El envejecimiento de la población reclusa es resultado no solo de la permanencia en prisión de personas que ingresaron en esta a edad temprana y que van envejeciendo dentro de la institución, sino también de personas que han estado dentro y fuera de prisión varias veces a lo largo de su vida. En relación con el delito que ha provocado la pérdida de libertad, el 44% de los hombres mayores de 50 años en prisión cumplían condena por delitos sexuales, ascendiendo al 78% entre los mayores de 70 años (datos a fecha de 30 de septiembre de 2020).
La población penitenciaria acostumbra a presentar peor estado de salud que la población en general, situación que se agrava a partir de los 50 años. Los principales resultados del estudio indican que:
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Más del 40% de los hombres de 50 años o más en prisión que tuvieron un ingreso hospitalario por emergencia mostraban signos de fragilidad, con el riesgo de peores resultados de salud, lo que es preocupante entre personas que son mucho más jóvenes de lo que normalmente consideraríamos frágiles.
En el entorno penitenciario, la fragilidad solo puede manifestarse cuando la persona reclusa sufre una caída o manifiesta problemas de movilidad que le impiden moverse por las instalaciones penitenciarias sin apoyo. Y, sin embargo, en prisión se detecta una mayor proporción de personas mayores frágiles que respecto a la población general, donde se estima que la prevalencia de la fragilidad en personas adultas mayores de 50 años es solo del 8%.Los datos obtenidos mostraron que la población reclusa frágil tiene más probabilidades de sufrir problemas de movilidad, ansiedad y depresión, incontinencia y demencia. De los varones identificados como personas frágiles de alto riesgo, el 29% tuvo al menos un ingreso hospitalario en el que se registró demencia como diagnóstico.
Según los datos del estudio, los ingresos hospitalarios de hombres mayores en prisión responden a trastornos hipertensivos, enfermedades respiratorias crónicas, enfermedades mentales graves y cáncer.
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En consecuencia, el personal de prisiones se enfrente a nuevos desafíos relacionados con el manejo de la fragilidad, la mala salud asociada a la vejez (cronicidad de determinadas patologías -por ejemplo, enfermedad renal crónica con demanda de diálisis- o comorbilidad), la muerte y los cuidados paliativos como parte de su trabajo con la población reclusa.
El informe destaca el compromiso del gobierno británico de publicar una estrategia para personas delincuentes mayores que, pese a no encontrarse todavía editada, establecerá la necesidad de que el personal penitenciario se encuentre capacitado para reconocer las condiciones de salud relacionadas con la edad (como por ejemplo en caso de demencia). -
Asimismo, el estudio destaca la importancia de comprender y abordar las desigualdades sociales en salud que afectan a las personas privadas de libertad. A modo de ejemplo se indica que las personas mayores en prisión presentan riesgos para la salud asociados con la hipertensión y, aproximadamente el 30% de los ingresos hospitalarios de hombres mayores en prisión analizados en el estudio presentaban un diagnóstico registrado de presión arterial alta.
Asimismo, los datos sobre las tasas de admisión estandarizadas por edad de los reclusos varones mayores de 50 años demuestran ser más bajas que las observadas entre la población general. Esto significa que los reclusos mayores ingresan en el hospital menos de lo que cabría esperar, especialmente teniendo en cuenta que los reclusos tienden a tener mayores necesidades de atención médica.Al respecto, la experiencia reportada habla de la experiencia del ingreso hospitalario desde la prisión con sentimientos de indignidad y vergüenza por estar “doblemente esposados”, particularmente si se requiere de una “exploración íntima”. La ausencia de familiares u otras redes de apoyo exacerba estos sentimientos, especialmente cuando se requiere que las personas asistan al hospital para una cita relacionada con un diagnóstico terminal. El efecto disuasorio de estas experiencias sería la explicación de que muchos reclusos mayores de 50 año descarten asistir a las citas médicas.
En el caso de las mujeres mayores reclusas, aunque su número es relativamente pequeño en los centros penitenciarios de Gales e Inglaterra, se constató que presentaban importantes necesidades de atención médica asociadas a la depresión: en más del 20% de los ingresos hospitalarios de mujeres mayores en prisión se había registrado un diagnóstico de depresión, mientras que para sus homólogos masculinos este diagnóstico era inferior al 8%.
El informe concluye con una serie de recomendaciones y consideraciones para las personas responsables de la elaboración de políticas de atención a las necesidades de salud de la población reclusa en Reino Unido:
- Las necesidades de las personas mayores en prisión, aunque pueden ser significativas, ocupan un lugar bajo en la lista de prioridades de un sistema que se encuentra sometido a una enorme presión, y que no presenta cambios significativos respecto a épocas anteriores. Sin embargo, la población reclusa es un grupo poblacional que experimenta desigualdades en salud, lo que implica que sea un colectivo destinatario de recursos y atención.
- El modo de provisión de la atención médica en Inglaterra y Gales se encuentra en un período de cambio, con el establecimiento de sistemas de atención integrados, y no está claro cómo encaja la atención médica penitenciaria en esta reorganización.
- Es necesario reconocer la existencia de la fragilidad entre la población reclusa mayor para gestionar adecuadamente la atención a su salud, pese a las consecuencias no deseadas de etiquetar a las personas como frágiles. Al respecto, el informe subraya el debate sobre la conveniencia o no de contar con prisiones o pabellones destinados a población reclusa mayor de 50 años.
- Actualmente, las prisiones no están preparadas para satisfacer las importantes y variadas necesidades de atención médica de las personas mayores en situación de privación de libertad. Se hace necesario que el sistema penitenciario garantice las respuestas a las necesidades de atención de la población reclusa y que los centros se encuentren adecuadamente apoyados, dotados de personal y equipados para su abordaje, lo que exige una respuesta coordinada. Es decir:
- Implica garantizar que las prisiones cuenten con acceso a los recursos y equipos necesarios para apoyar a las personas mayores en prisión con fragilidad.
- Supone proporcionar apoyo al personal penitenciario para que desarrolle las habilidades y la confianza necesarias para gestionar las diversas situaciones de salud que presentan las personas mayores en prisión.
- Conlleva compartir ejemplos de buenas prácticas de apoyo a la atención médica para personas mayores en prisión.
La realización de este estudio ha sido posible gracias a la financiación de The Health Foundation, organización independiente comprometida con el logro de una mejor salud y atención médica para las personas en Reino Unido.
Nuffield Trust es un laboratorio de ideas independiente que aborda aspectos de la salud para mejorar la calidad de la atención médica en Reino Unido mediante la investigación basada en la evidencia y el análisis de políticas e información.
Si desea ampliar esta información, puede acceder a los contenidos del artículo “Viviendo (y muriendo) como una persona mayor en prisión” (Living (and dying) as an older person in prison), publicado por Nuffield Trust (2023).