Fecha de publicación: 21/04/2016
Ser ejemplo activo de conductas emocionalmente inteligentes, es el modo más efectivo para promover la inteligencia emocional en jóvenes y adolescentes
Natalia Alonso Alberca imparte el curso 'Inteligencia emocional en acción: herramientas para una mejor relación con la juventud'

Natalia Alonso Alberca imparteo en Bilbao y Donostia el curso 'Inteligencia emocional en acción: herramientas para una mejor relación con la juventud'.
Natalia Alonso Alberca es profesora de la Facultad de Educación, Filosofía y Antropología, de la UPV/EHU, miembro del grupo de Investigación Delincuencia, Marginalidad y Relaciones Sociales - DMS, en el que centra su labor en analizar el desarrollo de la Inteligencia Emocional y el papel que tiene para la adaptación psicosocial de las personas. Como formadora, desarrolla intervenciones en organizaciones educativas, empresariales y sociales.
¿Qué es la inteligencia emocional?
La Inteligencia Emocional se define como un conjunto de habilidades para procesar la información que proviene de las emociones de modo que promuevan el ajuste personal y social. Estas habilidades son cuatro:
a) percibir y expresar adecuadamente las emociones;
b) comprender las emociones y sentimientos;
c) regularlas
d) utilizar las emociones para facilitar procesos, como pueden ser los creativos o la resolución de problemas.
Este conjunto de habilidades para procesar la información de las emociones empieza por atender a lo que sentimos y lo que sienten otras personas, continua con analizar las causas y las consecuencias de estas emociones y se concreta en ser capaz de gestionarlas de una manera constructiva de modo que las respuestas que demos nos permitan adaptarnos mejor a las diversas situaciones de nuestra vida.
¿Por qué una inteligencia específica para lo emocional?
Las emociones tienen un papel fundamental para las personas en el día a día, y han sido esenciales para la supervivencia de nuestra especie. Nos informan de que algo relevante para nosotros está sucediendo, nos ayudan a tomar decisiones y nos predisponen a actuar activando cambios fisiológicos, cognitivos y conductuales para responder de manera efectiva a las demandas del ambiente. La IE se refiere a tomar decisiones sabias que tengan en cuenta lo que sentimos, lo que implica prestar atención a las emociones y a la rica información que éstas nos aportan.
Gardner planteó en 1989 la existencia de diferentes tipos de inteligencias, de acuerdo al tipo de contenido sobre el que realizamos el procesamiento y Salovey y Mayer (1990) expusieron su idea sobre la existencia de un tipo de inteligencia específica relacionado con el procesamiento de la información que proviene de la experiencia emocional. Veinticinco años después, sabemos que existen diferencias individuales en la habilidad para procesar y utilizar la información emocional; tenemos también constancia, a través de numerosos estudios, de que quienes perciben, comprenden y regulan adecuadamente las emociones y sentimientos (los propios y los de otras personas) tienen una mejor adaptación psicológica y social.
¿En qué puede ayudarnos a la hora de trabajar con jóvenes este enfoque de la inteligencia emocional?
Solo hace 25 años que los psicólogos Peter Salovey y John Mayer plantearon el concepto de inteligencia emocional y, a pesar de su “corta vida”, en estos 25 años se han desarrollado numerosos estudios y experiencias que avalan el valor que tiene para las personas y para los grupos. Así, tener alta IE se relaciona con mejores relaciones interpersonales y menor uso de estrategias interpersonales negativas, mejor salud y rendimiento superior, además de mayor bienestar y satisfacción con la vida. También se vincula a menores problemas emocionales como ansiedad o depresión, así como con menor incidencia de conductas de riesgo y conductas disruptivas, como agresión o consumo de drogas, entre otros. En particular, los y las adolescentes con una mayor IE tienen mejores relaciones sociales con los pares y con sus padres/madres, mayor nivel de confianza y autoestima, así como muestran menor índice de problemas conductuales.
Quienes trabajan con jóvenes y adolescentes tienen ante sí, en su día a día, intensa y valiosa información emocional, que es imprescindible para entender su realidad, sus motivaciones, sus expectativas y sus modos de actuar. Desde las primeras etapas de la vida, los niños y las niñas mejoran progresivamente su IE, perfeccionando su conocimiento de las emociones y de cómo gestionarlas; cuando llega la adolescencia, la mejora de estas habilidades sufre un declive y, en algunos casos, parece que se “pierda” parte del conocimiento previo, en gran medida influido por los numerosos cambios bio-psico-sociales que se dan en esta etapa.
Conectar con las emociones de los/as jóvenes, entenderlas y ser capaces de ayudarles a responder ante ellas, de modo que favorezca su desarrollo, es un reto posible y enriquecedor. Sabemos también que el modo más efectivo para promover el desarrollo de la IE es mediante la observación de las habilidades que la componen: para favorecer el desarrollo de la IE en otras personas hemos de involucrarnos activamente en su mejora en nosotros/as mismos/as, ser ejemplo activo, y referente de competencia emocional. Por ello, es fundamental que quienes trabajamos con jóvenes y adolescentes sepamos identificar, entender y gestionar las emociones y los sentimientos, tanto los propios, como los de las personas con las que trabajamos.
Es un requisito y una suerte que necesitemos mejorar nuestra propia IE para, así, ayudar a otras personas a desarrollar la suya. Es un 2x1 que amplía su efecto, favoreciendo la creación de contextos emocionalmente inteligentes: quienes son capaces de poner en marcha estas habilidades emocionales favorecen éstas en sus relaciones sociales, familiares e íntimas.