Mikel Gurrea: "La peor reacción posible ante una película es la indiferencia"
El director donostiarra Mikel Gurrea presenta en la Sección Oficial del Zinemaldia su primer largometraje, la inquietante, sudorosa y meditativa "Suro", que cuenta con la participación de EITB.
No es habitual que un o una cineasta presente su primer largometraje en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, pero seguro que, en el caso de "Suro", esa sorpresa y esas dudas se irán disipando a medida que avanza el metraje para, seguro, desaparecer al final de la proyección del primer largometraje de Mikel Gurrea (San Sebasitán, 1985), rodado en catalán.
Manteniendo el estilo que ya pudimos ver en "Heltzear", su sutil, sugerente y atractivo cortometraje anterior, Gurrea vuelve a ofrecer al público un sinfín de acicates para la emoción y a la reflexión sobre diversos temas entre los que caben la incomunicación, el idealismo o el lugar que corresponde a cada cual en el sistema.
Estos reclamos para el pensamiento y la agitación llegan a la pantalla grande gracias a un gran dominio técnico que huye del adorno artificioso (llaman la atención varias sorprendentes transiciones), las esmeradas interpretaciones de la pareja protagonista (Vicky Luengo y Pol López) y una fotografía que retrata con fidelidad y crudeza el escenario de la acción, tanto su belleza como su ferocidad, su aspereza y su exudación.
Hemos hablado con Gurrea sobre esta sugerente película que muestra, además de muchas otras cosas, las vivencias de una pareja que deja la ciudad de Barcelona para crear, habitar y defender un nuevo espacio alrededor de una explotación de corcho en un entorno rural.
"Suro" lanza muchos estímulos al espectador. ¿Desde dónde comenzó a crecer la película en tu cabeza?
En 2010, después de terminar la universidad en Barcelona, solicité una beca para ir al extranjero, y, mientras la aceptaban, pasé un tiempo en el que no sabía dónde ir. En ese momento, a través de la familia de mi pareja de entonces, encontré trabajo para hacer la campaña del corcho como temporero.
Allí descubrí un mundo, cuya textura y sonido me parecieron muy interesantes, muy cinematográficos, y tuve sensaciones encontradas: encontré el trabajo a través de los dueños de las tierras pero yo no era terrateniente, hablo catalán pero yo no soy catalán, estaba trabajando pero para mí era algo temporal… Aunque a la vez todos teníamos un objetivo común, sacar cada día la mayor cantidad posible de toneladas de corcho.
Por lo tanto, allí encontraste el escenario apropiado para la historia de Iván y Helena
Sí, fue entonces cuando pensé que crearía una película con ese mundo tan rico. Luego me fui a estudiar a Londres etcétera, y, cuando me llegó el momento de pensar en mi primer largometraje, tenía ya 32 años y estaba inmerso en una larga relación de pareja.
En ese momento nos encontrábamos ante la encrucijada de decidir cómo queríamos vivir: si nos instalaríamos en la ciudad o en un entorno rural, si queríamos tener hijos, si podríamos vivir de manera más sostenible y justa… Esa fue la sensación con la que comencé a escribir la historia de Helena e Iván.


