Kresala Zinekluba, 50 años de historia

  • Kresala Zinekluba, 50 años de historia

A principios de los 70 del siglo pasado, Donostia fue testigo del nacimiento de una iniciativa que se desarrollaría paralela a la propia historia del cine. Hoy, 50 años después, celebran ese mismo sueño de tener un espacio en el que acercarse a las producciones cinematográficas desde la crítica y la reflexión, para compartir visiones y opiniones con el público. Ander Gisasola, miembro de la actual dirección del cineclub Kresala, nos guía en este recorrido por medio siglo de historia.



Kresala nació en 1972, en un difícil contexto histórico –para el cine y otros muchos ámbitos–, como espacio de reflexión e instrumento de transformación social. ¿Cómo fueron aquellos primeros años?


Todas las personas que formamos el equipo directivo actual nacimos después de 1972, por lo que no vivimos aquel momento. Según las personas que lo fundaron, cuando crearon el cineclub todavía no habían interiorizado esos objetivos; su meta principal era compartir el cine como una forma de compartir con la sociedad todos aquellos trabajos que no podían ser vistos en otro lugar. Y lo cierto es que eso es también lo que nos mueve hoy en día; poder compartir el cine con el público, poder ver y hablar con nuestras amistades sobre los tesoros que hemos ido descubriendo en los diferentes festivales.

Hablando con el público y la organización de aquella época, nos comentan que aquellos primeros años fueron una fiesta… que eran los últimos años del franquismo y que había una sensación de “apertura“ en plena efervescencia; se pudieron ver películas que habían estado prohibidas durante años y, lo más importante, compartirlas con la gente. Eso es lo que más destacan.

 

¿Qué trayectoria ha tenido el cineclub durante este tiempo?

Las proyecciones comenzaron en 1967 dentro de la Asociación Kresala. En la propia asociación se acondicionó un espacio para ello, y se proyectaban las películas con un proyector de 16 mm. Se hizo así hasta el año 1971. Entonces, los cines comerciales de Donostia amenazaron con denunciar a la asociación, ya que las sesiones que se organizaban en Kresala no se celebraban conforme a la legislación vigente. En aquella época había que cumplir con la Ley de Cines del año 57, y estar registrado a partir de 1963 para poder hacer proyecciones públicas. Eso causó tener que parar las proyecciones e iniciar el recorrido burocrático, hasta que se dio a la asociación una nueva forma jurídica a lo largo de 1972. El 19 de octubre de 1972 tuvo lugar la primera proyección en la sala (actualmente inexistente) de la asociación Kresala. En aquel momento, las películas de 16 mm empezaban a escasear, y, gracias a un acuerdo alcanzado con la que fuera Caja Municipal, las sesiones comenzaron a ofrecerse en su local dos veces al mes.

Esas sesiones se fueron alternando con las que se celebraban en la sala de los sótanos del Convento de los Carmelitas –en algunos años hubo hasta tres sedes–. Se consiguió y consolidó el uso de la sala de la Caja Municipal todos los lunes de 1976. Hasta el año 2011, el cineclub estuvo allí bajo la dirección de Luis, Juan y Fernando. Coincidiendo con el final de 2011, llegó el cambio generacional. Así, comenzó la época de Nacho Rodriguez, Alberto Arizkorreta, David Ezquerra, Juan Miguel Perea y Carlos Minondo. Hasta 2015 continuaron en la sala de Kutxa, pero, al cerrarla, dieron el salto a los Cines Trueba. Allí mejoró el modo de ver las películas, los asientos eran más cómodos, existía un proyector digital... Podemos decir que se dio un salto en cuanto a calidad. Poco a poco, el grupo se fue disolviendo, y se dieron nuevas incorporaciones: Paul Ormaetxea, Eli Alkorta, Pedro Saldaña, Leire Egaña, Ander Gisasola, Ana Piñel, Jeannette Diaz... En 2019 renovamos totalmente el grupo de trabajo, y estrenamos una nueva imagen. Asimismo, en el convencimiento de que debíamos fomentar colaboraciones con otros agentes de la zona, comenzamos a realizar trabajos de cara al exterior: Los encuentros de cineclubs de 2019, cine al aire libre de verano…

 

 

La fidelidad del público, entre otras cosas, ilustra el éxito de la propuesta. ¿Qué perfil de público tenéis?

En el público hay personas de diferentes perfiles. Por una parte, están –son mayoría, diría yo– las personas que llevan años acudiendo a las sesiones del cine. Forma parte de su rutina: no les interesa tanto qué van a ver ese día, porque saben que será algo interesante; ya han visto de todo.

Y también hay otro tipo de público: el ocasional. Es un tipo de público que elige según la película que ofrecemos; si la película que vamos a proyectar les interesa, acudirán, y, si no, no vendrán.

 

La forma de hacer cine ha cambiado en estos cincuenta años, pero también la forma de consumir. En vuestra opinión, ¿qué otras claves han contribuido a la supervivencia de un proyecto como el vuestro?

El cineclub, además de ser un lugar “diferente” para ver cine, también es un lugar donde compartir. Es lo que garantiza la supervivencia de los cineclubs, en mi opinión: el hecho de compartir; porque la gente está en las dos vertientes: gente dispuesta a ver lo que quieres compartir y a disfrutar con ello y, al mismo tiempo, estamos la gente que queremos compartir lo que hemos visto con el público.

Otro aspecto a tener en cuenta es lo que se ofrece en un cineclub. Se trata de películas que normalmente no se han estrenado comercialmente, elegidas por un grupo de trabajo para que la ciudadanía pueda disfrutar de ellas en la gran pantalla. Esa sería la base, el espíritu; pero está claro que es necesario también el apoyo económico.

Desgraciadamente, organizar sesiones cinematográficas es muy costoso, y pocas veces se logra una rentabilidad con las sesiones. Por eso, gracias a las subvenciones, conseguimos organizarlas.

En 2019, cuando la dirección de la asociación quedó en nuestras manos, una de las cuestiones que teníamos en claro era la necesidad de diversificar las fuentes de ingresos, y en esas seguimos. Durante muchos años, nuestra única patrocinadora ha sido la Fundación Kutxa. Este año se han incorporado el Ayuntamiento de Donostia y la Diputación Foral de Gipuzkoa; también hemos conseguido subvenciones concedidas por el Gobierno Vasco para diferentes proyectos... Incluso hemos contado con la ayuda de la Fundación Caixa o entidades privadas como Super Amara.

 

Este verano habéis presentado la iniciativa Premios K, en colaboración con otros cineclubs de Gipuzkoa y varios festivales de cine. ¿Por qué son importantes esas redes de trabajo? ¿Cuál es su aportación?

En 2019, organizamos un Encuentro de cineclubs en el que consensuamos conjuntamente que los cineclubs teníamos que hacer cosas diferentes. Una de las opciones era compartir la programación, pero resultaba muy difícil, ya que los tiempos y los criterios de programación de cada cineclub son diferentes. Posteriormente llegó la pandemia, y todo se detuvo.

En diciembre del año pasado aceptamos la invitación del Festival REC de Tarragona, y estuvimos presentes en el jurado formado por personas pertenecientes a cineclubs. Además de compartir el festival con dos cineclubs de Cataluña y Galicia, tuvimos la oportunidad de conocernos. Fue muy enriquecedor, y se nos ocurrió traer la experiencia aquí.

Primero, a modo de prueba, en 2021 nos reunimos con varios cineclubs y festivales pequeños, y les presentamos el proyecto. A decir verdad, la respuesta en conjunto fue muy buena desde el principio, y hasta el momento ha ido muy bien. Este año, un jurado compuesto por miembros de los cineclubs elegirá una película en cinco festivales diferentes. El premio se repartirá en la ceremonia de clausura del festival, junto con los demás premios.

Además, las obras premiadas se proyectarán en los cineclubs, y, posteriormente, se podrán ver en los cines. Es muy interesante, porque permitirá que todos los festivales lleguen a diferentes localidades. Por ejemplo, los vecinos y vecinas de Leioa u Oñate podrán ver una muestra de los certámenes de cine que hay en Euskadi sin moverse de su pueblo.

Para el año 2022, se unirán más cineclubs y festivales de cine al proyecto. Creemos y esperamos que tenga un futuro muy próspero.

 

 

Leire Egaña lidera la dirección del trabajo que documentará el medio siglo de vida de Kresala. ¿En qué consiste este trabajo?

Será un documental sobre el cineclub Kresala, en homenaje a sus 50 años de historia. Un canto al cine y al amor hacia él. Queremos hacerlo a través de partes de películas mostradas durante estos 50 años del cineclub. Además, contaremos con la participación del público, miembros del cineclub y personas colaboradoras vinculadas al recorrido de Kresala. El documental se estrenará en el Teatro Principal de Donostia el 19 de octubre de 2022, coincidiendo exactamente con los 50 años de la primera emisión.

Quiero mencionar aquí que hay una campaña crowdfunding para financiar este trabajo. Faltan pocos días para el cierre, y todas las aportaciones realizadas a través de esta web serán bienvenidas.


La crisis sanitaria ha golpeado duramente al sector. ¿Cómo lo habéis vivido en Kresala? ¿Qué tenemos que aprender de esta experiencia?

Nos encontramos de la noche a la mañana con que no podíamos realizar nuestras actividades. Como el resto de la gente, tuvimos que quedarnos en casa; pero eso no nos amilanó. Si recibimos la orden de confinamiento el sábado, para el lunes ya habíamos organizado una sesión de Instagram Live sobre una película visible en la plataforma Filmin.

Así, semana tras semana fuimos haciendo diferentes tipos de directos, publicando guías para poder ver legalmente y on line cine en casa y para que la gente pudiera disfrutar de diferentes películas. En cuanto llegó el verano, exploramos la posibilidad de realizar cine al aire libre, y organizamos tres sesiones dentro del programa Kutxa Kultur Gaua.

Volvimos a nuestra sala normal, pero con muchas restricciones y modificaciones. La primera, el cambio de fecha: el lunes solía ser el día del cineclub, pero ahora la sala Trueba está cerrada ese día. La segunda, la necesidad de llevar un control de las restricciones de aforo y de dónde debía sentarse la gente. Nosotros no teníamos un sistema informatizado para poder vender las entradas; lo tuvimos que implantar, y tuvimos que poner en marcha un sistema de venta anticipada. Pero gracias a todo eso hemos podido conocer los nombres que estaban detrás de las caras de nuestro público. Donde antes había seudónimos, ahora hay nombres, y eso nos parece muy positivo. Yo creo que, como grupo, ahora tenemos una relación más completa y estrecha.

 



¿Qué retos tiene el cineclub en los próximos años para seguir gozando de la misma salud?

Ya lo hemos comentado antes; hay que alimentar diferentes necesidades para mantener la salud: antes de todo, ser un grupo abierto. Ofrecer cauces para que todas las personas puedan participar de la manera en que deseen.

Y, además, ir trabajando la comunicación hacia el exterior. Puede resultar sorprendente, pero todavía hay mucha gente que no sabe que un cineclub es una herramienta para ver cine con otros ojos, y eso lo tiene que saber la gente. Luego cada cual decidirá si le gusta o no, o si acude o no a las sesiones que pueda.

También es trabajo en red. Consideramos muy importante ir tejiendo colaboraciones con los diferentes agentes. Al fin y al cabo, todos compartimos los mismos objetivos, y debemos remar al unísono para que el camino sea más fácil.

Uno de los retos más difíciles es lograr el reconocimiento legal. En la legislación actual no se reconoce al cineclub, lo que en principio lo deja fuera del sistema industrial. Pero muchas distribuidoras cinematográficas viven gracias al circuito no comercial, aunque el público de esas sesiones no tiene ningún valor para poder acceder a diferentes subvenciones y programas. Es un aspecto que habría que cambiar, teniendo en cuenta que el número de espectadoras y espectadores de esas sesiones es mucho mayor que el de las sesiones comerciales.

 

(Especial publicado el 22 de noviembre de 2021).