Roberto Gómez de la Iglesia: «Debemos superar el "de lo mío qué", tan típico de mercados precarios, para pasar al "juntos hasta dónde"»

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    Roberto Gómez de la Iglesia, director de Conexiones improbables./ Yone Estivariz

  • Fecha16 de Abril
  • Temática Artes visuales, Artes escénicas, Música, Audiovisual, Literatura

Hablamos con Roberto Gómez de la Iglesia, director de Conexiones improbables, plataforma que promueve proyectos de innovación hibridando empresa y creatividad

Desde que Conexiones improbables comenzara su andadura en 2010, han sido cientos los proyectos generados, tanto en Euskadi como en el extranjero. La plataforma surge de la consultora c2+i, Cultura, Creatividad e Innovación, radicada en Vitoria y dirigida por Roberto Gómez de la Iglesia, economista y gestor cultural, con quien hablamos sobre el mencionado proyecto y también sobre la crisis del COVID – 19 

Antes de centrarnos en el proyecto y visión de Conexiones improbables, nos gustaría saber cómo estáis viviendo toda esta situación provocada por el COVID – 19.

La verdad es que con incertidumbre respecto a cómo va a ser el día después.Por fortuna, aún estamos rematando algún proyecto y teletrabajando en temas internos, ya que la inmensa mayoría de los proyectos se han pospuesto cuando no cancelado. Y, evidentemente, no hay ninguna posibilidad de comercializar nada. 

La situación nos está llevando a repensar algunas estrategias de futuro, especialmente en el modo en que tenemos que abordar nuestro proceso de internacionalización, sacar del cajón algunos viejos proyectos que resultan más que apropiados para el momento presente, etc. Como le gustaba decir a mi ya desaparecido compadre Eduard Miralles: “no sabemos dónde vamos a parar, pero cada vez queda menos”.

¿Cuáles son las medidas urgentes que, a corto plazo, crees necesarias para ayudar al sector cultural vasco?

Son muy diversas, y ya se mueven diferentes documentos propositivos por las redes.  Al margen de ayudas genéricas en forma de subsidios, etc., hay que considerar la singularidad de este sector. En torno al 98% de sus organizaciones son de 3 o menos trabajadores, en su mayoría autónomos, a veces profesionales intermitentes. Hay que agilizar los programas de subvenciones pendientes de convocar y las contrataciones paralizadas; flexibilizar los plazos de cumplimiento de compromisos adquiridos previamente; reprogramar espectáculos, formaciones, eventos cancelados o pospuestos, pero hacerlo con lógica, ya que no podemos tensionar hasta el paroxismo al mercado cultural en el último trimestre de 2020; facilitar el acceso a financiación a corto y largo plazo, entendiendo las singularidades del sector, especialmente sus necesidades de tesorería; pago rápido de facturas pendientes, incluso anticipo por parte de entidades públicas de parte del precio acordado… 

Este va a ser el momento en que se va a ver si de verdad el impulso del sector es tan importante como se dice. Aún existen muchas convocatorias de apoyo a la gestión o de otros aspectos, a las que por dimensión solo pueden acceder el 2% de las organizaciones del sector. O flexibilizamos o se nos muere. Así de claro. Y es hora también de consolidar proyectos y estructuras. Y eso implica valentía como sector y valentía política. 

Cuando aún nos quedan semanas de confinamiento e incertidumbre, ¿cómo te imaginas el futuro, a medio plazo, para el sector cultural vasco?

Va a depender de la inteligencia colectiva para colocar  a las artes, a la cultura, a la creatividad y al pensamiento, en el centro del debate. De dejar de pensar en nuestros artefactos para pasar a pensar en qué ideas, miradas, metodologías, etc., tenemos para transformar nuestro mundo. Debemos superar el “de lo mío qué” tan típico de mercados precarios, para pasar al “juntos hasta dónde”, propio de sociedades avanzadas. Si no lo conseguimos el futuro va a ser muy oscuro. La mortandad de organizaciones puede ser muy elevada. Y quizá será el momento de pasar de una ética benefactora, del un poco para todos, a una ética utilitarista, en el sentido de que habrá que pensar muy bien a dónde se echa el salvavidas, por duro que parezca.

Lo más terrible, al margen de los dramas personales y los sueños rotos que podemos tener, es la cantidad de experiencia y conocimiento que podemos perder. Y el empobrecimiento colectivo. Me gustaría ser optimista y creer que el día después, además del aprecio mayor por la sanidad pública, se produjese un nuevo Renacimiento, donde las artes y la ciencia se colocan en un lugar privilegiado de una sociedad, con la mirada puesta en las personas. Sí, me gustaría ser optimista. O al menos lo necesito.

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