FOUCAULT, M. (2020): Maires au bord de la crise de nerfs. La Tour d’Aigues: Editions de l’Aube.
Martial Foucault acaba de publicar su último libro, titulado Maires au bord de la crise de nerfs, en la colección Monde en cours de de la Editorial de l’Aube. Conviene recordar que el autor es catedrático de Ciencias Políticas en Sciences Po París, director del CEVIPOF e investigador asociado en el Laboratorio Interdisciplinar de Evaluación de las Políticas Públicas. Este especialista de la economía política, el comportamiento electoral, la opinión pública y las políticas municipales, es autor de varias obras, entre las cuales podemos citar Le social et le politique (2020), redactado junto con Guy Groux y Richard Robert, o Les origines du populisme (2019), escrito con Yann Algan, Elizabeth Beasley y Daniel Cohen.
En la introducción del presente libro, el autor recuerda que éste surge de los debates mantenidos con su editor sobre la reapropiación de los territorios como única vía para evitar la implosión democrática. «Es también el resultado de largas conversaciones con [sus] compañeros universitarios franceses y extranjeros, con los alcaldes, los concejales o los ciudadanos movilizados durante el Gran Debate Nacional organizado de enero a abril de 2019» (pág. 11). Las manifestaciones de protesta observadas durante el movimiento de los Chalecos Amarillos son «la cara [oculta] de una violenta y silenciosa crispación de los ciudadanos relegados socialmente y económicamente. Ese momento inédito en la historia social reciente de Francia [emerge] en un ciclo de desencanto democrático» (pág. 12). Ese momento en el cual «los territorios y sus representantes [expresan] un descontento cada vez más fuerte hacia un poder ejecutivo poco preocupado por la aceleración de las fracturas [territoriales]» (pág. 12).
En lugar de realizar un enésimo análisis de los orígenes de las tensiones que atraviesan el modelo democrático, «la ambición de este libro es desplazar la [mirada hacia] unos actores políticos locales, los alcaldes» (pág. 13). Se trata de interrogar «su relación con el territorio que contribuyen a animar a través del prisma de la comunidad política de habitantes que residen, trabajan [y] votan en [su seno]» (pág. 13). Los análisis presentados en esta obra se apoyan «en un dispositivo inédito de encuestas llevadas a cabo con el conjunto de los alcaldes de Francia (...) entre octubre de 2018 y octubre de 2019» (pág. 13).
Hoy en día, los alcaldes se sienten atrapados entre «un Estado central omnipresente, unas (…) mancomunidades cada vez más omnipotentes y unos ciudadanos cada vez más exigentes» (pág. 14). Si las causas de su malestar son profundas y a menudo silenciosas, dado que la atención mediática se centra en los presupuestos, ciertos acontecimientos dramáticos han convertido ese malestar en objeto de preocupación. Dicho cambio se ha producido en tres fases sucesivas.
— En una primera fase, se ha pedido un esfuerzo presupuestario a las administraciones locales tras la crisis económica iniciada en 2008. Los alcaldes y sus asociaciones consideran entonces que el Estado intenta restringir las libertades locales limitando su capacidad de acción (pág. 15).
— En una segunda fase, el gobierno ha decidido suprimir progresivamente la contribución urbana, reduciendo los ingresos fiscales de los Ayuntamientos (págs. 15-16).
— En una tercera fase, el fallecimiento del alcalde de Signes en el desempeño de sus funciones ha suscitado una conmoción nacional. Ha fallecido «oponiéndose al depósito de escombros por unos [autónomos] de la construcción» (pág. 16). Este drama ilustra «la desesperación e incluso el desánimo de numerosos alcaldes ante la dificultad de mantener una cohesión social y una democracia de proximidad» (pág. 17). Hasta este acontecimiento, «la vitalidad de la democracia municipal no parecía preocupar a nadie. (…) Era olvidar que el territorio es el crisol de la democracia [local]» (pág. 17).
En un primer capítulo, titulado «Small y beautiful», Foucault recuerda que la figura del alcalde es una creación de la Revolución francesa. «Es el 14 de diciembre de 1789 [cuando] la primera ley [referente a] la creación de las comunidades de habitantes y de sus dirigentes es aprobada por la Asamblea Nacional» (pág. 22). Por aquel entonces, el sufragio universal censitario predomina. «El elector debe justificar [el pago de] un impuesto equivalente a tres jornadas laborales y el electo [correspondiente] a diez jornadas» (pág. 22). Hay que esperar cerca de un siglo para que los alcaldes obtengan una legitimidad política proveniente del sufragio universal (pág. 22).
Es bajo la III República cuando «la democracia local es verdaderamente consagrada por la elección del alcalde al sufragio universal masculino. Más de 38.000 alcaldes son elegidos, los 4 y 11 de mayo de 1884, por un colegio electoral compuesto por 10 millones de franceses» (pág. 23). A partir de entonces, el modelo republicano galo se apoya en los alcaldes y en los municipios «a través de la construcción de comunidades políticas locales» (pág. 23). El Ayuntamiento se afirma durante el siglo xx como «un lugar de enraizamiento del modelo republicano, como un [espacio] de vida y de educación política, especialmente en el mundo rural» (págs. 23-24). Contribuye al aseguramiento de la vida y del espacio público. «Los concejales se convierten rápidamente en una fuerza política autónoma» (pág. 24). El alcalde es llevado a «intervenir en un número cada vez creciente de temas de la vida local. (…) A todos los acontecimientos clave de la vida local, [impone] progresivamente su presencia y su legitimidad» (pág. 24). La elección tiene lugar cada seis años y «la repetición de esta cita [electoral] implanta duraderamente en la mente de los franceses la imagen del alcalde como primer escalón de [la] democracia» (pág. 23).
Actualmente, «jamás el número de municipios ha sido tan escaso en Francia (34.841 al 1 de julio de 2019) y la población ha sido tan elevada (66,8 millones)» (pág. 25). A pesar de ello, «Francia se [distingue] del conjunto de los países europeos (…) por el ratio más débil de número de habitantes por municipio. (…) Semejante ratio se explica por la historia jurídica y administrativa de cada uno de los países y, en particular, [por su] cultura política» (pág. 25). De hecho, el Hexágono no se ha involucrado en un proceso de racionalización de su territorio dividiendo el número de sus municipios, por dos razones esenciales. Por una parte, «Francia es un país de cultura y de tradición centralizadora donde lo que hace nación es el Estado. A pesar de las leyes de descentralización de 1982 y luego de 2003 (…), el Estado conserva [el control] de los municipios en materia de dotación de funcionamiento o de fiscalidad» (pág. 29). Por otra parte, en la hipótesis de un amplio movimiento de fusiones de municipios, «la desaparición de miles de alcaldes y de concejales pondría en peligro el equilibrio ya inestable sobre el cual se apoya la democracia municipal [gala]» (pág. 30).
En el segundo capítulo, centrado en la crisis de los territorios o en los territorios en crisis, el autor estima necesario tomar en consideración «la emergencia de nuevas fracturas territoriales en Francia» (pág. 32). Los años 2010 marcan un punto de inflexión «tras una violenta y rápida contracción de la actividad económica mundial, réplica sísmica de la Gran Recesión de 2008-2010» (pág. 32). Si este fenómeno es mundial, «ha afectado de manera desigual a los territorios» (pág. 32). De hecho, jamás, desde los Treinta Gloriosos (1945-1975), «los efectos de la crisis económica se [han] hecho sentir tanto a escala local. La globalización [está] tan acabada que [sacude a] ciertos territorios ya fragilizados» (págs. 32-33).
En efecto, la crisis de los subprimes acontecido en Estados Unidas durante el otoño de 2008 y sus repercusiones planetarias han provocado «una oleada de recesión económica con unos efectos devastadores en Francia» (pág. 33). Si el choque sobre la economía gala ha sido menos violento que para otras economías europeas, «ha afectado más duramente a ciertas cuencas de empleo y ha fragilizado, por lo tanto, unos territorios ya dependientes de [la contratación pública]» (págs. 33-34). Mientras que las grandes metrópolis regionales han conseguido absorber el choque de la crisis, «las ciudades medias no insertadas en una economía mercantil, no han podido contar sobre el apoyo del Estado para detener la crisis» (pág. 35). De hecho, «a la crisis económica ha sucedido una crisis de las [cuentas] públicas que ha impedido al Estado francés corregir totalmente las diferencias de desarrollo a través de una política de redistribución de las transferencias públicas a destinación de los territorios ya expuestos a la economía globalizada» (pág. 35).
En veinte años, «la organización económica y social del territorio se ha transformado totalmente al provecho de las metrópolis», desde la inversión pública hasta los servicios sanitarios (págs. 37-38). «Si la elección de metropolizar el territorio nacional presenta [ciertas] ventajas en materia de creación de riqueza, tiene [como inconveniente la marginación] tendencial de un gran número de territorios y una [agudización] de la pobreza y de las desigualdades de renta en el seno de las metrópolis» (pág. 38). Las diferencias socioeconómicas se acentúan «entre París, las metrópolis regionales y el resto del territorio» (pág. 39). El problema estriba, según el politólogo galo, no tanto en los medios de acceso a la mayoría de los equipamientos sino en su oferta cada vez más restringida (pág. 40). De la misma forma, «el mal de los territorios, no es tanto la yuxtaposición de espacios delimitados por la estadística geográfica, [sino] la [implementación] de políticas públicas no [focalizadas]» (pág. 45).
Contrariamente a una idea extendida, «las riquezas producidas en las metrópolis no se difunden espontáneamente» (pág. 47). Para que esta difusión acontezca, es preciso que se produzca «una intervención que combine estrategia económica y coordinación política» (pág. 48). No en vano, el movimiento de los Chalecos Amarillos ha recordado, hasta qué punto, «las fracturas territoriales no paran de progresar» (pág. 49). En el centro de «esta forma de separatismo espacial, los representantes electos, a menudo en primera línea, son y siguen siendo los alcaldes y los consistorios municipales» (pág. 50).
En el tercer capítulo, que se interesa por la valoración de los alcaldes por los ciudadanos galos, Foucault constata que «el nivel de confianza [otorgado] por los franceses a su alcalde desde hace diez años alcanza [máximos]. Roza el 60%, frente (…) al 40% para los diputados y al 46% para los consejeros departamentales» (pág. 51). No en vano, los años noventa han puesto de manifiesto «unas prácticas de corrupción, de enriquecimiento personal o de clientelismo, que han obligado el legislador a reforzar las reglas de [concesión] de los mercados públicos o de financiación de las actividades políticas» (pág. 51). Pero, «si el número de condenas no ha disminuido a lo largo de los años, los alcaldes [imputados e incluso condenados] atraen, hoy en día, más la atención local que nacional» (pág. 52). Concebidos como miembros de una comunidad globalmente homogénea, los alcaldes se benefician de una buena imagen, porque, «en su mayoría, no están juzgados culpables de mala conducta» (pág. 52).
La confianza entre ciudadanos y alcaldes es actualmente sólida, sabiendo que la confianza política se nutre de dos aspectos: la benevolencia y la competencia (pág. 53). En los alcaldes, «la benevolencia se materializa, ante todo, en el vínculo de proximidad» (pág. 53). La competencia, de su parte, traduce la capacidad de hacer elecciones en el ámbito de la acción local (pág. 53). La ruptura entre los alcaldes y ciertos ciudadanos se produce en torno a esta segunda dimensión. «Con unos ciudadanos que desconocen con precisión los ámbitos competenciales del alcalde, la expresión de desconfianza puede surgir cuando este último no está en condiciones de aportar una respuesta satisfactoria» (pág. 54). Resulta de ello una sensación de traición política y un cuestionamiento del modelo de democracia representativa (pág. 54).
Hoy en día, el 75% de las personas interrogadas consideran positivo e incluso excelente el trabajo realizado por los gobiernos municipales desde 2014 (pág. 56). Si las tres cuartas partes de las personas interrogadas juzgan que el equipo municipal ha realizado una buena labor, «es, ante todo, para subrayar que las principales dificultades a las que se enfrentan no son del ámbito competencial de los alcaldes» (págs. 56-57). Existe una relación negativa entre la valoración del balance del gobierno municipal y la antigüedad residencial, ya que los recién llegados están más dispuestos a juzgar positivamente el balance de la acción municipal (pág. 59). A su vez, «el nivel de bienestar personal de los ciudadanos está correlacionado con su valoración de la acción municipal» (pág. 60). En otros términos, las personas que expresan un alto nivel de malestar tienden a juzgar severamente la acción del alcalde y de su equipo (pág. 60). Asimismo, «las personas que desconfían de los demás, confían menos en el alcalde que aquellas que están dotadas de un fuerte capital de confianza interpersonal» (pág. 62).
El perfil general de los alcaldes coincide ampliamente con el de los ciudadanos en el ámbito de la felicidad (pág. 63). En realidad, «los alcaldes muestran un nivel de felicidad ligeramente superior al de los franceses» (pág. 64). Los ciudadanos son globalmente felices, «pero menos que la media europea. Y los alcaldes lo son más, pero no en todas partes» (pág. 64). De hecho, «mirando atentamente el estrato de población de residencia, se descubre un diferencial [en beneficio] de los grandes municipios» (pág. 64). En cuanto al futuro, «los alcaldes se singularizan por un nivel de pesimismo netamente más importante que el de sus administrados. Pero, esta relación tiende a invertirse (…) cuando ciudadanos y alcaldes pertenecen a grandes ciudades» (pág. 66). En otras palabras, «el malestar de los alcaldes rurales (…) se encarna en un pesimismo sobre las perspectivas futuras de su municipio (…) compensado por el optimismo de los habitantes del mismo estrato» (pág. 66).
La temática del bien común y de la convivencia constituye la primera expectativa de los ciudadanos hacia su alcalde. «Preservar el medio ambiente y atraer o mantener unos servicios de proximidad destacan entre las prioridades de la acción pública local» (pág. 68). Distinguiendo dos tipos de municipios, «los de más de 100.000 habitantes (…) y los [que se sitúan] por debajo de ese umbral, [ya que] la jerarquía de las prioridades se invierte» (pág. 69).
La representación del futuro del municipio «opone dos grupos de ciudadanos: los partidarios de una aceleración de la inter-municipalidad (30%) y los promotores de municipios más autónomos (70%)» (pág. 70). A su vez, «solamente una minoría de ciudadanos es favorable a una amplificación de los movimientos de agrupación (19%) o de fusión con otros municipios» (pág. 70). Prácticamente la mayoría de las personas interrogadas (48%) «privilegia el modelo de municipios que disponen de competencias de proximidad» (pág. 71). Esta elección es especialmente manifiesta cuando el grado de apego al municipio es fuerte, «signo de una sólida identidad municipal» (pág. 71). A su vez, «el 61% de las personas interrogadas desean que su alcalde sea candidato en marzo de 2020. Esta tasa varía ligeramente según el tamaño del municipio, [oscilando] del 57% para los habitantes de municipios medios (…) al 67% para los municipios rurales de menos de 2.000 habitantes» (pág. 72). El rol de los alcaldes como mediadores ante las «insatisfacciones crecientes de la sociedad o como constructores visibles de un marco vital de calidad explica, en parte, el apego de los franceses a su función y al rol que [desempeñan]» (pág. 73). La valoración positiva de los ciudadanos de sus alcaldes está en el corazón de una paradoja: «los franceses aprecian a sus alcaldes, [al tiempo que] estos últimos expresan su hartazgo ante su impotencia a cambiar las cosas y a mejorar la vida de sus administrados» (pág. 74).
En el cuarto capítulo, centrado en el retrato de los alcaldes, el autor constata que, a la imagen de los ciudadanos, los alcaldes envejecen. Si, en 2001, su edad media era de 54 años, «16 años más tarde, alcanza 63 años» (pág. 79). Y la edad de los alcaldes de los municipios rurales no es mucho más elevada que la media (pág. 80). Al contrario, «la implicación de los ciudadanos más jóvenes en la vida municipal sigue siendo muy débil» (pág. 79). Es revelador de una crisis de la representación, pero da cuenta también de una aspiración a hacer política de otra manera (pág. 79). «La conciliación entre la vida personal y/o profesional y el mandato de alcalde es la principal dificultad [a la que se enfrentan] los alcaldes. Sucede lo mismo con el compromiso», ya que el tiempo dedicado a esta actividad «disuade a un buen número de jóvenes activos de combinar un oficio y una función electiva» (pág. 80).
Asimismo, a pesar de los esfuerzos consentidos por el legislador para favorecer la igualdad de género a nivel municipal, «el porcentaje de mujeres (el 16% de mujeres son alcaldes) es el más débil de todos los representantes elegidos al sufragio universal en Francia» (pág. 82). Por lo tanto, «la vida política francesa local sufre (…) de una sub-representación femenina» (pág. 82). En cambio, la proporción de mujeres aumenta conforme nos alejamos de la función de alcalde (pág. 82).
Al respecto, el principal cambio se ha producido en 2004, dado que «una ley ha impuesto la paridad en la representación de las listas electorales en las elecciones municipales para los municipios de más de 1.000 habitantes. Paradójicamente, es por debajo de ese umbral que el número de mujeres elegidas alcaldes es el más elevado» (pág. 82). Esto resulta de la labor, a menudo voluntaria, desempeñada en estos pequeños municipios. La perpetuación de las desigualdades de género resulta de «formas de dominación masculina en las organizaciones partidistas, pero también de [una] dominación económica» (pág. 83). Además, «la cuestión de la feminización en el seno de los consistorios municipales [se enfrenta] a los límites de la ley de 2004 que no puede imponer (…) la paridad para los cabezas de lista» (pág. 84).
Y cuando acontece, especialmente en las grandes ciudades, «la paridad se compagina con una valorización de las cualidades [supuestamente] femeninas, como la atención a los demás y el altruismo» (pág. 84). En general, «el nivel de [cualificación académica] opone unas mujeres elegidas alcaldes sobre-tituladas a unos hombres alcaldes, de media, menos diplomados» (pág. 85). Asimismo, ser una mujer alcalde implica demostrar una legitimidad superior a la media de los ediles (pág. 86).
A su vez, la profesión de los alcaldes es poco representativa de las categorías socio-profesionales de los ciudadanos. De hecho, a ese nivel, los alcaldes no se parecen a sus administrados (pág. 87). Así, «los directivos y las profesiones intelectuales superiores, no solamente están sobrerrepresentados entre los alcaldes respecto al peso de esta categoría en la sociedad francesa, sino que representan el 30,1% del conjunto de los franceses instalados en 5.614 municipios» (págs. 90-91).
En cuanto al entorno familiar de los alcaldes, juega un rol primordial en su decisión de presentarse en las listas electorales. En ese sentido, «todos los alcaldes no son iguales ante los efectos de la socialización familiar. Por un lado, juega la herencia política en un círculo familiar más o menos amplio y sobre un periodo más o menos largo; y, por otro lado, se afirman unos juegos de influencia» (pág. 92).
El compromiso municipal encuentra igualmente su origen en «un proceso de socialización asociativa de larga duración» (pág. 94). En efecto, «las redes asociativas tienen la peculiaridad de contribuir al desarrollo de un tejido de relaciones interpersonales con la comunidad. Se despliegan en su seno unos [conocimientos mutuos], unas relaciones de confianza, unas predisposiciones a actuar para el bien común, y, sobre todo, un aprendizaje de los códigos de la negociación, de la politización de las elecciones, o de la exposición en el espacio público» (pág. 95). Así, el 70% de los alcaldes son miembros de una asociación y el 40% ejercen, en su seno, unas responsabilidades (pág. 95). De la misma forma, «el 29% de los alcaldes pertenecían a un sindicato profesional (…) antes de ser candidatos a la elección municipal» (pág. 96).
Como lo precisa Foucault, «el alcalde no es solamente un representante político como los demás. [Se distingue, a menudo], por la ausencia de pertenencia partidista declarada» (pág. 97). A su vez, «la identidad política de los alcaldes no es a imagen de la de los franceses» (pág. 99). En primer lugar, porque «una forma de división política del territorio está a la obra desde hace más de un siglo» (pág. 99). En segundo lugar, porque «la demografía de los municipios actúa como un espejo deformante de las realidades políticas» (pág. 100).
En el quinto capítulo, que aborda la función o el oficio de alcalde, el politólogo galo observa que los alcaldes no forman un grupo sociológicamente homogéneo. De hecho, «tienen unas trayectorias, unas predisposiciones políticas y unas dotaciones en capital económico, educativo y político diferentes» (pág. 103). La misma variedad aparece en cuanto a su concepción del rol de alcalde. Así, en 2019, el 70% de los ediles interrogados piensan ejercer ante todo la función de alcalde, mientras que el 30% consideran practicar un oficio (pág. 103).
Sea cual sea su concepción, es obvio reconocer que, a lo largo de los años, «la carga [de trabajo] de los alcaldes se ha considerablemente [incrementado, provocando] una verdadera profesionalización en las ciudades medias y en las aglomeraciones» (pág. 105). En los municipios más pequeños, aunque no pueda hablarse de profesionalización, «unas formas de experteza jurídica, contable o medioambiental son cada vez más necesarias en el trabajo diario de los alcaldes» (pág. 105). Ejercer una función supone poner de manifiesto «el vínculo de representación democrática en el seno de una comunidad local» (pág. 107). Al contrario, «ejercer un oficio de alcalde implica dominar [una serie] de prácticas profesionales y [llevar a cabo] unas actividades [que requieren mucho tiempo]» (pág. 107).
La concepción del rol de alcalde varía en función del tamaño del municipio. Así, al carecer de personal cualificado suficiente, los alcaldes de los pequeños municipios se enfrentan a una acumulación de reglas que «les impiden dedicarse plenamente a unas funciones de representación» (pág. 109). En las ciudades de mayor tamaño, en cambio, «los alcaldes que se benefician de una administración y de personales cualificados consideran (…) ejercer ante todo una función y no un oficio» (pág. 109). Liberados de las obligaciones administrativas y técnicas, «pueden encarnar plenamente la figura del alcalde representante» (págs. 109-110).
En materia de remuneración, «los alcaldes perciben una indemnización imponible, definida por el régimen de la función pública y cuya cuantía aumenta con el tamaño del municipio» (pág. 110). En los municipios de menos de 1.000 habitantes, «ejercer un mandato de alcalde [equivale] prácticamente al voluntariado si se [compara] el número de horas declaradas por los alcaldes interrogados con la indemnización percibida» (pág. 110). Y la mayoría de los alcaldes recibe una indemnización equivalente al salario mínimo interprofesional, de modo que sea difícil considerar que estos ediles vivan de la política (pág. 113).
A ese respecto, conviene tener en cuenta «la acumulación de funciones de alcalde y de presidente o de vicepresidente de mancomunidad, y, en menor medida, de consejero comunitario. (…) Hoy en día, el 3% de los alcaldes son también presidentes de mancomunidades, el 25% son vicepresidentes y el 72% son consejeros comunitarios» (pág. 114). En total, «al menos 9 de cada 10 alcaldes acumulan dos funciones electivas desde la puesta en marcha de la reforma de las colectividades territoriales [en] diciembre de 2010» (pág. 114).
En el sexto capítulo, que se interesa por la fragilidad de la función, el autor indica que la trayectoria del alcalde se parece mucho a la de los corredores de una maratón. «La trayectoria de un alcalde, al igual que la de un maratoniano, mártir voluntario y entrenado al esfuerzo, está sometida a numerosas [incertidumbres]» (pág. 120). Su compromiso no le protege frente a «la sensación de desánimo, de cansancio, de malestar ante situaciones para las cuales no estaba necesariamente preparado» (págs. 121-122).
De hecho, 3.474 alcaldes han abandonado sus funciones entre marzo de 2014 y marzo de 2018 (pág. 125). Los principales motivos son la fusión de municipios (54,3%), las dimisiones voluntarias (24,2%) y los fallecimientos (15,1%). Solamente las dimisiones voluntarias permiten dar cuenta de la amplitud del malestar de los alcaldes (pág. 126). Los datos indican que el número de dimisiones ha crecido notablemente: «+105% entre 2008-2012, por una parte, y 2014-2018, por otra parte» (pág. 127). Ese incremento resulta de varios factores: «congelación de las dotaciones estatales hasta 2013, bajada de las dotaciones de 11 mil millones de euros [en un periodo de] tres años iniciado bajo François Hollande en 2014 por Manuel Valls, aplicación de la ley NOTRe en 2015, esfuerzo presupuestario solicitado por Emmanuel Macron en 2017 [y] crisis social y territorial a través del movimiento de los Chalecos Amarillos [en 2019]» (págs. 127-128).
Según un estudio realizado por el autor, «cerca del 50% de los alcaldes no expresa ninguna insatisfacción, el 41% [manifiesta] una sola, el 26% [indica] dos insatisfacciones, y el 28% [expresa] tres insatisfacciones o más» (págs. 128-129). Si las diferencias sociológicas no explican la intensidad de las insatisfacciones (pág. 129), «el título académico del alcalde y su antigüedad [en el cargo] ejercen una influencia», dado que, cuando el alcalde está diplomado, sus insatisfacciones decrecen con la experiencia (pág. 130).
Las relaciones que mantienen los municipios con el Estado atizan el descontento de numerosos alcaldes en varios ámbitos. Sus reivindicaciones conciernen, ante todo, «la falta de recursos financieros y humanos (14,6%), unas quejas sobre el carácter burocrático de las relaciones con los servicios desconcentrados del Estado (12,7%) y, por último, un escaso reconocimiento y consideración de su rol por el ejecutivo (11,9%)» (págs. 131-132).
De hecho, entre 2009 y 2018, los gobiernos sucesivos han reducido las dotaciones estatales concedidas a los Ayuntamientos para reducir el déficit público galo. «Jamás estos últimos habían conocido una bajada tendencial de las dotaciones del Estado sobre un periodo tan largo» (pág. 132). Los alcaldes expresan su frustración de tener que gestionar la penuria y de tener que luchar para mantener un servicio público de calidad» (pág. 132). Además de la disminución de las dotaciones estatales, critican «la ausencia de alternativas para responder a las necesidades de las personas más frágiles y precarias» (pág. 133). Las quejas de los alcaldes en materia presupuestaria no son el hecho únicamente de los pequeños municipios. «En las ciudades de más de 10.000 habitantes, se [observa] la misma frustración, que [se compagina] con la de tener que renunciar a unas inversiones públicas» (pág. 134). La disminución de los recursos de los municipios «obliga los alcaldes a [multiplicar] los esfuerzos para obtener unas financiaciones complementarias provenientes de otras [instituciones]» (pág. 135).
La sensación de abandono por el Estado alcanza su paroxismo cuando «los alcaldes expresan su incapacidad creciente para [hacer frente a] la inflación de normas, de nuevos reglamentos, de procedimientos cada vez más complejos» (pág. 136). Los ediles se enfrentan a una realidad que resulta ser «mucho más burocrática, sumergiéndolos en una desazón, en particular para aquellos que no [conocen] las costumbres de la función pública» (págs. 136-137). La complejización de las normas y de los procedimientos puede igualmente conducir el alcalde ante los tribunales (pág. 137). En efecto, se expone «a la asignación del tribunal administrativo [si no aplica] unos reglamentos o si no consiente a la [implementación] de [unas] normas» (pág. 137). Por último, «las dificultades de diálogo con el poder central [experimentadas] por los alcaldes desde la llegada de Emmanuel Macron [al poder] han amplificado la sensación de escaso reconocimiento por la potencia pública y, en particular, [por el] jefe del Estado» (pág. 138).
De la misma forma, cerca del 12% del descontento de los alcaldes proviene de su relación con las mancomunidades. Expresan, al respecto, una sensación de desposesión política y administrativa (pág. 140). De hecho, los Ayuntamientos pierden cada vez más competencias en beneficio de las mancomunidades (pág. 141). Además, «se sienten cada vez más deslegitimados ante sus conciudadanos» (pág. 141). Los alcaldes mantienen una relación de desconfianza con las mancomunidades a las cuales están vinculados. «Cerca del 80% de ellos consideran que la mancomunidad tiene mucha influencia sobre su municipio» (pág. 141).
Los alcaldes observan, a su vez, un auge del individualismo entre sus administrados. Es la segunda fuente de insatisfacción, ya que «el 36% explican tener cada vez más dificultades para satisfacer las demandas de sus administrados» (pág. 142). La exigencia apremiante se convierte en relación consumista con el alcalde (pág. 143). «Los alcaldes sienten un malestar en la representación social de su función, que [ha dejado de ser] percibida como una sabia mezcla de vínculo social, proximidad democrática y solidaridad [comunitaria, para serlo], cada vez más como una relación entre un ciudadano contribuyente y un alcalde prestatario de servicios» (pág. 144). Numerosos nuevos habitantes compaginan fuertes exigencias y reivindicaciones con una escasa implicación en la vida local, más aún sabiendo que, en 2018, el 40% de los ciudadanos no residen en el municipio en el que trabajan (pág. 145). Estos nuevos residentes buscan en el mundo rural «ante todo las condiciones de un confort material y de una realización personal que no pueden obtener en el espacio urbano. Como contrapartida, su relación con lo que hace el vínculo social, «nutrido de proximidad y de sociabilidades intergeneracionales, interculturales e interprofesionales, ha desaparecido» (pág. 145).
El compromiso por el bien común tiene consecuencias sobre el equilibrio personal de los alcaldes. Muchos de estos últimos hablan de don de sí mismo, de sacrificio, de sacerdocio y de fe. «La función de alcalde exige renuncias, humildad y obliga a separar el individuo del alcalde» (pág. 147). La principal dificultad estriba en «la conciliación entre la vida personal y/o profesional y el compromiso de alcalde. Ese punto es importante porque, hoy en día, el 42% de los alcaldes continúan ejerciendo una actividad profesional a jornada completa (32,5%) o a jornada parcial (9,5%)» (pág. 147).
Foucault constata que «las fuentes de insatisfacción de los alcaldes zanjan con la representación positiva que tienen los franceses de sus [cargos electos]» (pág. 149). Sin embargo, estos mismos ciudadanos alimentan el malestar de ciertos alcaldes (pág. 149). Además de la actitud consumista, «los alcaldes observan un aumento de las incivilidades de todo tipo y de las agresiones físicas o verbales ad personam» (pág. 149). Así, el 92% de los 3.812 alcaldes interrogados por la comisión del Senado han padecido incivilidades, el 48% amenazas, el 46% injurias y el 14% agresiones físicas (pág. 150). Esta encuesta da cuenta de «un auge de las radicalidades en la expresión del descontento» (pág. 150). Los ciudadanos franceses «formulan una muy gran variedad de demandas de acción pública local. Si algunas de ellas son clásicas y corresponden al ámbito de intervención de los alcaldes, otras son nuevas y se enfrentan a un ámbito competencial inexistente a nivel municipal» (pág. 152).
En el séptimo capítulo, que aborda la cuestión de la renuncia, el politólogo galo subraya que «la tasa de abandono varía prácticamente del simple al doble entre los municipios de menos de 3.500 habitantes y aquellos de más de 30.000 habitantes. (…) En realidad, existe un umbral en torno a 3.500 habitantes» (pág. 158). Varios factores inciden en la decisión de los alcaldes a la hora de expresar «su voluntad de someterse de nuevo al sufragio universal. En primer lugar, la influencia del entorno político (…) y familiar tiene una gran importancia (57%)» (pág. 160). En segundo lugar, «la elección de los alcaldes no puede comprenderse sin tomar en consideración el balance personal que dificulta su mandato» (pág. 160). El ejercicio del mandato de alcalde afecta a su vida personal. «Si los alcaldes de los municipios más grandes se ven menos afectados en su esfera privada, esto se explica, ante todo, por una preparación y un compromiso político que [hunden sus] raíces» en el largo plazo y la ambición personal (pág. 161).
Asimismo, la antigüedad en el cargo, «estrechamente correlacionada con el tamaño del municipio, consagra el síndrome del [quemado]» (pág. 162). Más allá de la antigüedad, «la edad juega a favor de una jubilación política, con, sin embargo, diferencias importantes según el tamaño del municipio» (pág. 163). Por último, cuando los alcaldes expresan un alto nivel de felicidad, sus probabilidades de presentarse de nuevo crecen y viceversa» (pág. 165).
En el apartado final, titulado «responsable del todo pero no de todo», el autor indica que los alcaldes han desempeñado un rol esencial en el Gran Debate Nacional. «Han sido los iniciadores de más [de la mitad de los debates]» (pág. 170). Por lo tanto, los alcaldes han contribuido, «sin espíritu partidario, al éxito organizativo» de ese ejercicio democrático (pág. 171). «La comunidad local de ciudadanos obliga el alcalde a rendir cuentas de manera permanente. El alcalde es a menudo presentado como el electo [de proximidad] Visible [y abordable], compromete inmediatamente su responsabilidad» (pág. 173). «Si el alcalde es responsable del todo, es decir de la cohesión social y política de su comunidad local, difícilmente puede ser considerado responsable de todo», ya que su ámbito de acción limita sus capacidades de intervención (pág. 173). Para salir de esta situación, sugiere Foucault, «el país necesitaría una audacia descentralizadora que obligaría a repensar la democracia local como un espacio político en el cual los alcaldes gobernarían con sus administrados en lugar de hacerlo para y, sobre todo, con el Estado» (pág. 174).
Al término de la lectura de Maires au bord de la crise de nerfs, cuyo título resume a la perfección a la vez el objeto de estudio y el diagnóstico realizado, conviene subrayar la gran actualidad del mismo y la pertinencia y lucidez con las cuales el autor analiza el malestar de los alcaldes que constituyen la piedra angular de la democracia local. A partir de encuestas y de entrevistas en profundidad, que dibujan un panorama rico y variado de los perfiles de estos ediles, de las percepciones de su función u oficio de alcalde, y de las dificultades a las que se enfrentan, fuentes de insatisfacción, Foucault pone de manifiesto el momento crítico que atraviesan los alcaldes atrapados entre un Estado omnipresente, unas mancomunidades omnipotentes y unos ciudadanos exigentes. Se trata de un libro muy documentado, con datos actualizados, y perfectamente ilustrado, gracias al uso de tablas y de gráficos. Su lectura es sumamente agradable gracias a un estilo fluido y un lenguaje asequible.
En suma, esta obra es especialmente recomendable tras el movimiento de los Chalecos Amarillos, el Gran Debate Nacional y en vísperas de nuevas elecciones municipales.
Bibliografía
ALGAN, Y., BEASLEY, E., COHEN, D. y FOUCAULT, M. (2019): Les origines du populisme. París: Seuil.
FOUCAULT, M. (2020): Maires au bord de la crise de nerfs. La Tour d’Aigues: Editions de l’Aube.
FOUCAULT, M., GROUX, G. y ROBERT, R. (2020): Le social et le politique. París: CNRS Editions.
Eguzki Urteaga
Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
eguzki.urteaga@ehu.eus