En temas de hoy, entrevistamos a Juanita Uribe (Armando Paz) y Oliver Ricci (Red de jóvenes constructores de la paz), sobre cómo implicar a la juventud en procesos de deslegitimación de la violencia

Juanita Uribe coordina el proyecto Armando Paz, que invita a jóvenes de cinco países centroamericanos a participar en la resolución de los conflictos de su entorno mediante el uso de nuevos tecnologías. Oliver Rizzi, por su parte, representa ante Naciones Unidas  de la Red de jóvenes constructores de paz, es integrante también de la Campaña Global de Educación para la Paz y ha creado hace unos meses su propia ONG, dedicada a crear espacios que propicien  nuevas ideas y proyectos de cultura de paz. Ambos participaron en el Seminario Internacional Jóvenes y Cultura de Paz celebrado recientemente en Bilbao, a iniciativa de Unesco Etxea, con el apoyo del departamento de Cultura del Gobierno vasco. Ambos coinciden en la necesidad de promover un cambio de valores que fomente la empatía, el cuidado de las otras personas, la paz interior y la capacidad de amar.

Juanita, ¿qué propone Armando Paz?

J.U.: Concienciamos a los jóvenes de que, en un contexto muy difícil, resultado de las guerras y del narcotráfico, la solución está en sus manos. Empezamos a través de una convocatoria en medios convencionales y nuevos medios preguntando a los jóvenes.:“¿Hay algo que quieras cambiar? ¿Y cuál es tu idea para cambiarlo?” Se trataba no sólo de identificar el problema sino de proponer una solución y, para ello, de ser conscientes de las causas que han provocado la violencia. Escogimos las cien propuestas más novedosas, interesantes y viables de cada país. Identificamos las siete áreas en las que trabajar: educación, hábitos de vida saludable, participación, convivencia, oportunidades de trabajo, cultura y medio ambiente. Empezamos a trabajar con los jóvenes en sus proyectos con el apoyo de cada Gobierno y del sector privado, porque para lanzar sus ideas necesitan de esa ayuda de los adultos. Hemos capacitado a 120 organizaciones que trabajan con jóvenes para enseñarles a hacer sus propios medios de comunicación, así como talleres de creatividad, de radio y televisión por internet... Cada una de ellas capacitará a un promedio de 500 jóvenes.

¿Qué proyectos destacarías?

J.U.: En Panamá, un grupo de chicos con discapacidad auditiva proponen un proyecto audiovisual que se difunda por las redes sociales para concienciar sobre los derechos de las personas con discapacidades. En Guatemala crearon programas de radio dirigidos a jóvenes y familias para promover la resolución pacífica de conflictos y reforzar los valores familiares. En el Salvador, idearon juegos que fomentan el trabajo en equipo para realizarlos en la calle con los niños de barrios pobres En Nicaragua, trabajan con niños a través del dibujo: se les propone que plasmen a través de la pintura cómo sería un mundo mejor.

Oliver, tú participas en diferentes proyectos para fomentar la cultura de la paz entre jóvenes.

O. R.La Redde Jóvenes Constructores de Paz reúne a más de 40 organizaciones juveniles, con el objetivo de compartir experiencias, programas de formación y campañas de sensibilización. Hace unos meses puse en marcha mi propia ONG, cuyos objetivos son difundir qué es el de concepto educación para la paz (dado que aún es menos conocido que otros como los derechos humanos) y crear una red de centros para jóvenes que quieran trabajar el tema. Es importante que tengan un espacio en el que reunirse, un grupo de apoyo, porque del diálogo que generen saldrán ideas creativas que se traducirán en proyectos de paz. La intención es poner en práctica sistemas sociales y económicos basados en esas ideas, y ver qué pasa, para poder ofrecer alternativas a la sociedad. Sin embargo, hoy en día, en este clima internacional de guerra contra el terrorismo, resulta difícil encontrar fondos para financiar proyectos comola Campaña Globalde Educación parala Paz, de la que también soy miembro.

¿En qué se nota?

O.R. Es muy difícil hablar a la gente de paz en este contexto. Te dicen: “Eso lo haremos después”. ¿Pero después de qué? Estamos hablando de prevención. Si está pasando lo que está pasando es por la falta de educación para la paz. Puedes obligar a alguien a no disparar más, pero cómo lo haces y lo que hagas después, tiene mucha importancia. Por eso hablamos de paz positiva y paz negativa, porque en cualquier país que se considere pacífico, como por ejemplo Suiza, en realidad no hay paz: la gente sufre, se suicida, se trata mal en pareja, en la escuela... Las raíces de la violencia son más profundas que el juicio de que alguien es malo, se le mete a la cárcel y punto. Vivimos en una cultura violenta; ni nos damos cuenta, pero las palabras que usamos están cargadas de violencia. Me apasiona la idea de desarrollar nuevos conceptos y palabras, todo un nuevo lenguaje que permita entender la naturaleza humana de otra forma.

Juanita, ¿estás de acuerdo con que la violencia no entiende de contextos económicos? ¿Afecta en Centroamérica a todas las clases sociales?

J. U. Es cierto que en Centroamérica existen diferencias económicas abismales. Sin embargo, todas las personas están afectadas por la violencia. Todas sienten inseguridad, no pueden salir tranquilas a la calle. Un chico millonario puede tener la misma depresión que el chico de la pandilla. Si los sientas juntos van a encontrar muchos puntos en común. Probablemente muchos carecen de amor real. Hemos hecho grupos de discusión con jóvenes en los que han participado exmareros. Todos los jóvenes que habían estado en las maras declaraban que les había faltado afecto. Y los que lograron salir, lo hicieron gracias al apoyo de un pastor de la iglesia, de un entrenador deportivo... Alguien les prestó atención y el cariño. Esto es algo universal. La diferencia es que en otros países hay instituciones fuertes, un sistema judicial y ejecutivo eficiente que impide que el narcotráfico se instale. Yo siempre utilizo el mismo símil: un cuerpo sano no se enferma, pero Centroamérica tiene un cáncer terrible. Puedes aplicarle quimioterapia, a través de un sistema político y judicial, pero sobre todo hay que nutrirlo: fomentar valores familiares sólidos, restablecer el tejido social. Sin eso, llegará otra banda.

O.R.: Insisto en que en los países donde hay instituciones fuertes, sigue sin ser suficiente, porque la causa primaria de la violencia no es la falta de instituciones, sino algo mucho más sutil, más difícil de entender y de desarrollar, que definiría como la capacidad de amar. Desde mi punto de vista, la educación para la paz significa aprender a amarnos, a escucharnos, a entendernos sin miedo.

El uso de la violencia sigue estando muy asociado a la masculinidad. ¿Trabajáis con perspectiva de género para promover entre los jóvenes un modelo alternativo de ser hombre?

J.U.: No lo hemos abordado como tal, pero como eso de Armando Paz puede entenderse como masculino, creamos un personaje que se llama Amanda Paz. La participación en nuestro proyecto es igualitaria.

O.R.: Los modelos de masculinidad y feminidad imperantes son expresiones de la violencia cultural en la que vivimos, y que reproducimos sin darnos cuenta. A los hombres nos dicen que para sobrevivir tenemos que ser agresivos, así que lo hacemos porque creemos que es lo bueno, lo que nos hace fuertes en un mundo que nos dicen que es peligroso. La gente actúa basándose en esos modelos, y es un problema, porque los valores asociados tanto a los hombres como a las mujeres no hacen más que disminuir nuestras capacidades.

Más allá de concienciar sobre las causas globales de la violencia, se trata de incidir en las actitudes personales de la juventud, en promover relaciones más humanas en el día a día.

O. R.: Una clave muy importante es humanizar al otro, concienciar de que es un ser humano que tiene las mismas necesidades, los mismos miedos y deseos. Pensar que no hay que cuidar al otro porque no lo merece también es una idea violenta, así como la propia división entre “nosotros” y “los otros”.

J. U.: Nuestro proyecto se basa en la ética del cuidado teorizada por Leonardo Boff. Se trata de cambiar el paradigma del más fuerte y agresivo, por el paradigma del cuidado: cuidarte a ti mismo, tu cuerpo, tu alma, cuidar de los demás, y cuidar el entorno, el medioambiente.

Existe la idea de que la juventud es hedonista e individualista, que está desmovilizada. ¿Cuál es la mejor vía para avivar su compromiso social?

O.R.: Hay que empezar por hacer un ejercicio de introspección individual para ver qué es lo que me apasiona, qué me motiva para vivir, para despertarme todos los días e irme a trabajar. Todo el mundo tiene algo que le apasiona, aunque cuando se trata de ser abogado la sociedad lo reconoce, y cuando se trata de algo más creativo, no tanto. Nos olvidamos de quiénes somos. Empezar por ese proceso personal es muy importante para que luego la gente quiera aportar algo a la sociedad. La naturaleza del ser humano es querer contribuir a la vida, pese a que nos hacen creer que somos egoístas.

J.U.: Los jóvenes se muestran desencantados con la política, hartos de los políticos. Pero cuando les animas a proponer una idea sobre cómo cambiar la sociedad y lo hacen, están haciendo política. Yo creo que cuando dicen que de mayores quieren ser ricos y famosos, están respondiendo más a lo que se espera de ellos que a sus verdaderos anhelos. ¿Qué es lo que realmente quieren los jóvenes? Pues estar tranquilos, tener una ilusión por la que trabajar, sentirse parte de algo. Los chicos que se metieron en la guerrilla y en grupos paramilitares en Colombia, pese a que supuestamente son opuestos, se metieron por la misma razón: para sentirse parte de algo y ganar un poco de dinero. Así lo cuentan.

Hablando del conflicto en Colombia, en el caso de Euskadi el Gobierno vasco trabaja por deslegitimar la violencia entre la juventud, dado que hay quien todavía entiende que se recurra a las armas para conseguir fines políticos. ¿Qué proponéis para cambiar esa mentalidad?

O.R.: La violencia se plantea como solución cuando la gente piensa que no hay otra forma de hacer las cosas. Es lo que aprenden, cuando por el ejemplo ven en la televisión que la forma de acabar con una guerra es empezar otra, invadir un país, o cuando en política se habla en clave de ganar al enemigo. Hay tantos mensajes violentos que es difícil combatirlos. Sobre todo hay que fomentar el diálogo.

J.U.: En este tipo de conflictos priman odios heredados. Antes uno estaba amarrado a una camisa de fuerza y gritar era justificable porque no tenía otra manera de expresarse. Pero hoy en día hay muchas más oportunidades. Habría que replantearse si las diferencias que llevaron a esos odios todavía perduran, o si por el contrario existen condiciones nuevas para superar esos problemas de entendimiento. Y yo creo que sí que existen.

Por otro lado, están aflorando movimientos transformadores como el 15-M en España o la Primavera Árabe que se caracterizan por ser pacíficos, globalizados y utilizar las redes sociales para organizarse y difundir sus ideas. ¿Os ilusionan estas iniciativas?

O.R.: Cuando vi por internet el mensaje de “Mubarak se ha ido” y un vídeo de la plaza de El Cairo abarrotada, lloré de lo mucho que me conmovió, no tanto por lo que lograron, sino porque usaron medios no violentos. Esos chicos demostraron el poder de la no-violencia. No se les puede reprochar nada. Se limitaron a repetir “No te queremos”, con mucha fe, constancia y disciplina. Y así consiguieron que los militares tampoco usaran la violencia y que Mubarak se fuera. Me da esperanza y me inspira mucho.

J.U.: El poder de los medios se ha desmoronado. Ahora la juventud no necesita esperar a que el noticiero le saque; puede subir su propia información a la Red. Ahoraque tenemos acceso a la información, ya no nos tragamos tantos cuentos. El dictador ya no puede mantener a la gente asustada y aislada, porque nos podemos conectar, unirnos y salir adelante. En todo caso, creo que hay que seguir trabajando en la paz interior de las personas. Porque si siguen albergando odio, el conflicto que han superado se trasladará a otro nivel.

 

 

Fecha de la última modificación: 29/11/2011