Departamento de Medio Ambiente, Planificación Territorial y Vivienda

IHITZA 46 - El mirador

Una mirada sostenible a la tecnología

Es común utilizar la línea para representar el cambio tecnológico. Los textos de historia de la tecnología suelen disponer los distintos “avances tecnológicos” (así los llamamos) en una hilera en la que aquello de lo que estemos hablando (barcos, velocidad de procesamiento de un chip,  lavadoras, …) va mejorando con el transcurso del tiempo, progresando hacia el presente, que es siempre un punto culminante que se verá inexorablemente superado en el futuro cercano. Se nos presentan trenes cada vez más rápidos, motores más eficientes, pantallas con más resolución, armas más destructivas, medicamentos con menos efectos secundarios, … Al centrar la mirada en esas líneas de mejora, se dejan en los márgenes borrosos algunas de las consecuencias que acarrean: contaminación, desigualdad, enfermedades, destrucción de ecosistemas, pérdida de tradiciones, …

La sostenibilidad nació para llamar la atención sobre estas consecuencias despreciadas y trabajar para que las líneas de progreso tecnológico no rebasaran ciertos límites: los del entorno para absorber residuos, cobijarnos y darnos sustento, y los de nuestra moral, que nos empuja a poner coto al daño que la tecnología causa. Imponer estos límites supone a menudo enfrentarse a quienes se esfuerzan por avanzar en sus líneas de progreso tecnológico, no siempre con éxito.

Sin embargo, hay otra manera de hacer sostenible lo tecnológico que no tiene que ver con ponerle freno sino con cambiar el punto de vista. La mirada tecnológica tiende a ser abstracta (centrada en el rendimiento, la facilidad de uso, los costes, …). Curiosamente, se ensancha una enormidad cuando se abandonan las representaciones lineales y la vista se fija en puntos concretos. Los estudios de ciencia, tecnología y sociedad que más influencia han logrado se han centrado en casos concretos. Las miradas puntuales permiten recordar que la tecnología no tiene por qué ser grandilocuente, pues tan tecnológica es la bomba atómica como un pañal desechable, y a la vez son lo suficientemente amplias para abarcar un barrio, un valle, una región o el planeta. Lo concreto no tiene por qué ser pequeño y permite percibir claramente los problemas y virtudes de una determinada propuesta tecnológica. En el laboratorio o sobre el papel se pueden anticipar multitud de características de, por ejemplo, una planta incineradora de basuras. Pero cuando la planta se concreta aparecen en toda su dimensión incógnitas que se dejan recoger mal en los modelos: cómo reaccionarán los vecinos ante ella, cómo afectará a la producción agraria de la zona, cómo alterará la imagen del lugar, cómo interferirá en el valor de los inmuebles cercanos, … Son estas cuestiones las que hacen aflorar la posible insostenibilidad de lo tecnológico y por eso, como ya hacen multitud de personas expertas en la materia, es conveniente incorporarlas a la educación tecnológica.

Para abrirse a la sostenibilidad, la educación tecnológica debería conducir la mirada hacia lo concreto y sustituir la imagen de las líneas de progreso por una multitud de puntos de acción posibles. En última instancia, la tecnología no va más allá de donde la llevamos. Contemplarla desde lo concreto, desde una perspectiva situada, ayudará a contemplar mejor todas sus implicaciones y, por tanto, a distinguir más nítidamente si en verdad la deseamos o no. Y esta modulación de los deseos puede ser más eficaz para desarrollar tecnologías sostenibles que el miedo, la confrontación o la mera retórica.

 

Armando Menéndez Viso

Universidad de Oviedo

 

Fecha de última modificación:  11/01/2016